El rincón de Jesús Blasco
Un alcalde muy peculiar
30 de agosto de 2026
Hijo de Baltasar Cayetano Lapeña, maestro de postas, y de María Duce, propietaria de la posada de S. Ignacio, D. Ignacio Lapeña, más conocido por el Tío Ignacico, fue un alcalde de la Primera República muy popular por su peculiar modo de administrar justicia. No necesitó de ordenanzas, y en cada caso improvisó y aplicó su propio código sin dejarse influir de la condición del inculpado, y sólo siguiendo los dictados de su conciencia aplicaba las sanciones, siendo más riguroso con amigos y familiares que con extraños.
En cierta ocasión, con motivo de unas elecciones a Cortes, recibió un besalamano del Gobernador Civil recomendando se votase para diputado a cierto candidato. Pese a ser de su partido, ni lo votó ni dijo a nadie que lo votara considerando y contestando que si en Madrid tenían interés por él, fuesen los de Madrid quienes le votaran.
Otra vez sancionó con ocho reales a un vecino influyente que no dudó en recurrir personalmente al Alcalde, molesto por las dos pesetas que le había puesto de multa. El Tío Ignacico, para complacerle, le quitó la multa de dos pesetas y le puso otra de tres.
Pero el caso más relevante fue el del fantasma:
Sabido es que los fantasmas habidos por estos contornos no han sido almas en pena sino cuerpos amigos de lo ajeno que, amparados en la noche y enmascarados con cualquier ropaje ante imprevisibles encuentros, han salido a hacer acopio en corrales y alcobas.
Pues bien, el fantasma de esta historia llenó durante mucho tiempo de pavor a todos los vecinos por su extremada altura, su vestimenta blanca y la luz que posaba sobre su cabeza. Se le veía lo mismo por huertas que por corrales y, últimamente, por las eras que, siendo época de trilla, notaban los campesinos faltas de trigo.
Herido el Tío Ignacico en su amor propio por las críticas de los vecinos (los denunciados en alguna ocasión, claro), se hizo acompañar de un guarda con escopeta y, subiendo una noche a las eras, se ocultaron en una fajina. No tardó en aparecer el enorme fantasma que tomó un saco de trigo y se lo cargó a la espalda.
Antigua posada de San Ignacio
No se lo pensaron dos veces los apostados y, sin aviso alguno, apuntaron a la luz y de un certero disparo le volaron la cabeza que resultó ser una devanadera de las de hilar que, puesta sobre los hombros y cubierto con una sábana, hacían al fantasma parecer tan grande. La devanadera le salvó de recibir la perdigonada en la testa, pero el susto fue tal que cayó de rodillas, y con grandes lamentos no dejaba de pedir clemencia.
Se acercaron el Alcalde y el guarda, y con gran sorpresa vieron que se trataba de una mujer de familia acomodada y, además, prima del Tío Ignacico. No por ello se ablandó la máxima autoridad que mandó al guarda la llevase con el saco al calabozo para aplicarle su ordenanza antes de entregarle al Juez. Aunque intercedieron la familia, el cura y el médico, que dijo que era cleptómana (a lo que respondió que “ninguna perturbada se machacaba la taba”), la condenó a que el domingo fuese llevada a misa de once, cargada con el saco robado, desde el calabozo a la iglesia.
Todo el pueblo salió a conocer el fantasma y ser testigo de tan singular sentencia. La pobre mujer, no pudiendo soportar tanta vergüenza, apenas salió de la plaza, cayó desplomada al suelo. Llamado el doctor para asistirla, sólo pudo certificar la muerte.
Y dicen las gentes que pasaron muchos años hasta que se volvió a ver otro fantasma.
(Popular. Recogido en poesía por Alejandro Espiago en 1957)
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Jesús Blasco
Maestro de Primaria jubilado y consejero del Centro de Estudios Bilbilitanos. Autor de varios libros, ha participado en encuentros y simposios convocados por el CEB siempre con temas relacionados con la historia local.

