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El rincón de Jesús Blasco

El cura cazador

4 de octubre de 2026

De todos es sabido la afición por la caza que tiempos atrás tenían los curas rurales como forma de ocupar las horas del día y regalar su mesa. Sobre todo, a la caza con reclamo: más segura, menos derroche de cartuchos y muy bonita a decir de los que la han practicado.

Se requiere, sin embargo, un buen pájaro, no siempre fácil de conseguir, y quien lo consigue no lo vende por todo el oro del mundo. No se resigna a dejar de contar hazañas y presumir ante sus colegas, pues al cazador no le importa cazar poco, siempre que cace más que ninguno.

Hubo una vez en el pueblo un cura cazador de jaula que tenía un perdigacho (1) que no lo había en muchos kilómetros a la redonda y que le daba muchas satisfacciones. No había día que no cazara media docena de perdices, y en sus partidas diarias de mus con el cabo de la guardia civil no se cansaba de contar las excelencias del pájaro.

No se sabe si fue que el cabo se cansó de tanta jactancia dicha en público ante sus propios bigotes, o si fueron mismos los cazadores del pueblo los que lo denunciaron inducidos por la envidia. Quizás fuera la casualidad, pero el caso es que una mañana de primeros de marzo, estando el cura en su espera escuchando complacido el cha, cha... chacachá... del reclamo, vio a través de la mirilla de la espera cómo se alargaban, procedentes de su espalda, las sombras de dos capotes, con sus tricornios correspondientes a forma de punta de lanza, hasta alcanzar las piedras del moto. El pájaro calló de repente al ocultársele el sol, y el cura asomó la cabeza. Allí estaba la pareja de la guardia civil compuesta por su amigo el cabo y otro número mirándole ambos con una mordaz sonrisa cuyos grandes mostachos no podían ocultar:

- ¡Vaya, vaya, el cazador cazado! -dijo el cabo.

Reclamo de perdiz en el moto

Y dirigiéndose a su pareja ordenó:

- Tráigame usted la jaula.

Aquella expresión y aquella orden dada con tanta resolución no le auguraron nada bueno al sacerdote que con la cara roja de ira y la voz amenazante dijo:

-Si venís a denunciarme, está bien. Pero al pájaro no se os ocurra tocarlo.

El cabo adivinó dónde podría dolerle más al cura y, cogiendo el perdigacho con una mano del cuello, lo sacó de la jaula y poniéndoselo delante de la cara le preguntó con aviesa ironía:

- ¿Qué pasará si lo toco?
- ¡Cualquier cosa puede pasar!

En un movimiento rápido, el cabo cogió con la otra mano al pájaro de la pechuga y de un tirón le arrancó la cabeza y lo arrojó al suelo donde el moribundo animal daba saltos salpicando a todos de sangre. Fue visto y no visto.

Pero también fue visto y no visto cuando el cura se encaró la escopeta y, en sendos disparos, dejó a los dos guardias tumbados en el suelo. Luego cogió la jaula vacía, se echó la escopeta al hombro y se dirigió al pueblo para entregarse a las autoridades.

Cuando con paso firme iba por las calles en dirección al cuartelillo, los vecinos le preguntaban como cualquier otro día:

- ¿Qué, mosén, cuántas han caído hoy?

Y el cura, que por cuestión de ética profesional no podía faltar al séptimo mandamiento, se limitaba a contestar:

- La pareja. Hoy, solo la pareja.

(1) Perdigón o perdiz macho empleado para reclamo

Así escribe Jesús...

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Jesús Blasco

Jesús Blasco

Maestro de Primaria jubilado y consejero del Centro de Estudios Bilbilitanos. Autor de varios libros, ha participado en encuentros y simposios convocados por el CEB siempre con temas relacionados con la historia local.