El rincón de Jesús Blasco
La agricultura en el siglo XVIII
29 de enero de 2026
En este siglo, todavía las tres cuartas partes de la superficie de España estaba sin cultivar. Ateca debía estar muy por debajo de esta proporción pues, si tenemos en cuenta las producciones de mediados de siglo, el cereal obtenido podía cosecharse con el cultivo de 100 hectáreas y el vino con 200, o 300 a lo sumo.
El número de hanegadas cultivadas en 1783 destinadas a frutales eran de 541’50, distribuidas de la siguiente manera: Valdelahuerta, 90’50 hanegadas; La Serrada y Hortales, 75; Requijadas, 27’50; Bebedero, 49; vega de Manubles, 42’50; Losa y San Julián, 58; otras partidas, 199 hanegadas. El resto estaba destinado al cultivo de cáñamo, judías y hortalizas y prados, siendo estos últimos los más conocidos los de Almacuala y San Blas, a ambas salidas del pueblo; el de los Abades, más abajo de San Antonio, y el prado Florido, en el Manubles, entre los barrancos Banderas y Hocino. Su riego se hacía por las mismas acequias que hoy subsisten y, en caso de escasez de agua durante el verano, se daba preferencia a los cáñamos y, en una segunda pasada, se regaban judías y hortalizas.
El secano estaba destinado en su mayor parte a dehesas pobladas de monte bajo (hiniesta, enebro, coscoja, etc.), romero, tomillos, salvia, etc., debido a las exhaustivas talas de siglos anteriores
En primer plano, la dehesa Carnicera; al fondo, la dehesa de La Sierra
El cultivo de la vid no tenía el auge que luego adquiriría en el siglo XIX. Sin embargo, en la segunda mitad del dieciocho se duplicó su producción gracias a las roturas que se hicieron, especialmente en la dehesa del Talado (Carrascosa, Valdeguiso, Santo Toribio...), amparadas en las Reales Provisiones de Carlos III (1767).
En estas Reales Provisiones, de las cuales dio noticia el conde de Aranda, se hacía extensivo al Reino de Aragón que “todas las tierras labrantías propias de los pueblos y los baldíos y concejiles que se rompieran y labrasen (...) se dividan en suertes y tasen (...) y se repartan entre los vecinos más necesitados atendiendo: primero, a los senareros (criados que tenían tierras del amo como ayuda al salario); y braceros; segundo, a los que tengan una canga (pareja o yunta) de burros; tercero, a los que tengan una yunta, luego a los de dos (...) el repartimiento que se haga a los que no tengan ganado (de labor) o no labren por sí o con ganado ajeno, no puedan subarrendarla; pues en este caso, y el que no pague la pensión de dos años, se le dé la suerte a otro vecino...”
La mayor parte de la plantación de vid, en un principio, era de regadío, y estaba abastecida por las acequias de las Viñas, de Manubles, y Manantiales de Jalón; luego se fue extendiendo por todo el término a juzgar por el número de viñadores que se nombraban.
Los viñadores eran guardias temporeros que ponía el ayuntamiento para guardar las viñas, aunque por las zonas que abarcaban también debían vigilar los pastos y leñas. Se elegían entre los jóvenes casados en el año y se destinaban por parejas a estas cinco zonas: Serrada, Bebedero y Llanas; San Blas, San Julián y Santa Lucía; San Roque, Torcas, Olmos y Sancharrena; Veguilla, Santa Cruz y Sieterríos; Val, Collado y Campo.
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Jesús Blasco
Maestro de Primaria jubilado y consejero del Centro de Estudios Bilbilitanos. Autor de varios libros, ha participado en encuentros y simposios convocados por el CEB siempre con temas relacionados con la historia local.

