El rincón de Jesús Blasco
Santiaguico "El Ciego"
9 de junio de 2026
Historia con nombre propio: Santiaguico "El Ciego" (Ateca, 1895-1965)
Como el lector podrá adivinar por el título, Santiago era un hombre pequeño y ciego. Su ceguera, de nacimiento, era suplida por el resto de los sentidos que los tenía muy desarrollados como es frecuente en las personas con esta clase de minusvalía, especialmente el oído. De hecho, de joven fue educado en un conservatorio donde aprendió solfeo por el sistema Braille y aprendió a tocar la guitarra y bandurria, saber que transmitiría a otros jóvenes aficionados.
Santiago, o Santiaguico como cariñosamente se le conocía, era el campanero oficial de la iglesia de Santa María. Puntualmente daba los tres toques de cada misa y del resto de los oficios, a difuntos, al ángelus, a nublo, a vísperas y a arrebato si se daba el caso, infundiendo a cada toque una gracia y un sentimiento nada comparable a los actuales. Cuando cumplía con sus deberes acudía a la cantina del señor Miguel a tañer la guitarra, bien en solitario o acompañando las jotas de sus habituales contertulios.
A pesar de su minusvalía hacía una vida casi normal y recorría todo el pueblo sin necesidad de lazarillo. Le bastaba su bastón para tantear el suelo y su mano izquierda ligeramente adelantada en previsión de un posible tropiezo. Conocía cada casa por el olor de su patio, cada vecino por su voz, sabía cuándo llegaba a cada esquina de calle por la brisa que daba en su cara, y conocía cuando llegaba a su destino por el sonido del pavimento al tocar con su gayata. Si la vía no tenía aceras, caminaba invariablemente por el centro de la calle, y si su meta era la cantina, al llegar a la altura de la puerta, se paraba, giraba un cuarto de vuelta, daba dos o tres pasos, alargaba la mano y ¡a la primera asía la manivela de la cerradura!
Presbiterio de la iglesia de San María a mediados del siglo XX
La iglesia la conocía palmo a palmo. No solamente la nave, capillas y dependencias bajas, sino también la torre, a cuyo campanario subía a bandear, y los más recónditos rincones de las galerías y bóvedas que recorría escarzando los nidos de las palomas.
Todo el pueblo lo apreciaba y respetaba. Muy especialmente los niños, a los que cuando los domingos íbamos a clase de Catecismo, entre toque y toque del cimbalillo, nos contaba, sentados en los escalones del pórtico de la iglesia, sus andanzas de pequeño; pues, contra lo que pudiera parecer, su ceguera no le impidió participar en los juegos con los niños de su barrio.
En una ocasión nos contó con cierto orgullo que, cuando tenía ocho o nueve años, unos obreros que estaban reparando la torre, lo habían subido por el aire, metido en la cestilla de la polea con que subían los materiales, hasta la misma cúpula. Tamaña aventura, contada con un realismo que desbordaba, nos dejó a todos maravillados, y solo cuando me hice mayor sospeché que nos había tomado por unos pardillos y que todo había sido una fantasía. Pero tuve que hacerme todavía mayor para descubrir que, efectivamente, por las fechas que Santiaguico situaba su experiencia, se había restaurado el capitel de la torre renovando las pizarras e impermeabilizado las juntas y aleros, por lo cual he de hacer acto de contrición por haber dudado de su historia (1).
Campanario donde se aprecia el arco que alojaba el cimbalillo
El Ángel de la Guarda de Santiaguico no lo abandonó nunca. Prueba evidente de ello es que, en una de las muchas veces que el río se paseó por la carretera, calzado con sus botas de agua, iba chapoteando por la acera de la calle General Mola (hoy Paseo del Prado) cuando, repentinamente, la acequia de Las Canales, que había despedido una cobija, lo engulló totalmente. Ya lo daban los testigos por desaparecido, cuando milagrosamente, un flujo del agua lo vomitó dejándolo de nuevo en la acera.
Pero también los ángeles se jubilan y el día de la muerte nos coge desprotegidos. Ahora descansa en el Cielo y quién sabe lo que pensará cuando oiga la música enlatada de las campanas.
(1) Siendo párroco mosén Romualdo Florén León, en 1901 enviaba al presidente y Junta de Reparaciones de Templos de la Diócesis una instancia con las obras necesarias de la iglesia, entre las que figuraba la reparación del chapitel de la torre, con un presupuesto elaborado por el albañil Mariano Duce por un mostante de 15.850 pesetas (A.M.A. Libro de acuerdos. Leg. 31, fº 69, acta de 22 de julio de 1901). Las obras no se concluyeron hasta 1906, por lo que las fechas coinciden con el relato.
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Jesús Blasco
Maestro de Primaria jubilado y consejero del Centro de Estudios Bilbilitanos. Autor de varios libros, ha participado en encuentros y simposios convocados por el CEB siempre con temas relacionados con la historia local.


